| Editorial
El
discurso de la dignidad*
La palabra dignidad hoy no puede faltar en un discurso político
o en cualquier exposición reivindicativa. El discurso
de la dignidad parte del concepto de persona, cuya historia
arranca en la sociedad de la antigua Grecia. Los defensores
de la fundamentación ética apelan a la dignidad
como justificación de que los hombres merecen una
consideración especial, que se expresa en derechos
a los que corresponden lógicamente obligaciones.
Esta claro que la vida humana no tiene derechos. Derechos
tienen, o en todo caso se los reconocemos, los individuos
de la especie humana. Adela Cortina asevera que si la Bioética
quiere insertarse en el contexto cultural y en la racionalidad
moral cimentados en nuestro aprendizaje histórico
y social, la reflexión tendrá que centrarse
en cada persona. Una amplia corriente filosófica
defiende que la única fundamentación racional
para los Derechos Humanos, históricamente reconocidos,
es la fundamentación ética, que rechaza tanto
al iusnaturalismo como al positivismo jurídico.
Para Cortina la fundamentación ética de los
Derechos Humanos posee una gran fuerza retórica,
pero ayuda poco en lo que se refiere a una fundamentación
racional, porque la dignidad es una cualidad transitiva,
o sea, expresa que alguien es merecedor de algo según
el diccionario de la lengua, pero no de qué es merecedor
ni por qué lo es.
La autonomía, es, el fundamento de la dignidad. Para
Kant aquello que es un fin en sí mismo no tiene valor
relativo o precio, sino un valor interno y, ese valor interno
que no es intercambiable sólo puede reconocerse en
la persona que goza en consecuencia de dignidad. Podemos
hallar –versión kantiana- el fundamento del
valor interno (dignidad) de la persona en el hecho metafísico
de que sea ésta el único ser capaz de darse
leyes a sí mismo, es decir, el único ser capaz
de autonomía.
Si tomamos como ejemplo el caso de la técnica de
la fecundación asistida, veremos que los países
de la Europa comunitaria consideran como elemento prioritario
el bien del niño, que ha de entenderse como un fin
en sí mismo y, no sólo como un medio para
satisfacer los deseos de aquellos que buscan tener un hijo
biológico.
La ética de mínimos se funda en la noción
de autonomía. Cualquier interlocutor válido
es digno de ser atendido en la toma de decisiones sobre
normas que le afectan, y por eso la ética de que
tratamos es inevitablemente antropocéntrica, ya que
sitúa los límites de la dignidad en aquellos
seres con los que cabe comunicación. Los animales
merecen ser respetados, pero no porque tengan derechos ni
sean dignos de ser atendidos en sus intereses, sino porque
causar daño innecesario es síntoma de enfermedad.
En materia de salud, la dignidad no solo pasa por que nadie
nos arrebate nuestra capacidad de decisión, también
por el hecho de que todos los seres humanos somos merecedores
de recibir la atención médica adecuada, y
además tenemos el derecho de vivir bajo aquellas
condiciones que preserven nuestra salud.
*METAMEDICINA. Reflexiones,
cuestionamientos y esperanzas al cabo de 30 años
de profesión asistencial y docente. Del Prof. Dr.
Roberto M. Cataldi Amatriain. Editado por la Junta de Educación
Médica para América Latina. Buenos Aires,
2003
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