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La
vertiente ética en la lucha contra el tabaco
Prof. Dr. Roberto M. Cataldi Amatriain
En
el tema del tabaco -como en otros temas de salud pública-
los intereses comerciales suelen estar por encima del cuidado
de la salud. Desde hace varias décadas los gobiernos
occidentales vienen luchando contra las empresas tabacaleras,
procurando reducir el número de consumidores así
como las enfermedades relacionadas con este hábito:
cáncer de pulmón, EPOC, aterosclerosis y sus
complicaciones (enfermedad coronaria, IAM, arteriopatía
periférica, enfermedad cerebrovascular), entre otras
patologías.
Luego del Descubrimiento de América, España
importó el tabaco en la península y el hábito
de fumar rápidamente se propagó por toda Europa,
y luego alcanzó dimensión planetaria. Hoy
es una de las epidemias del Siglo XXI por la enorme cantidad
de seres humanos que fallecen diariamente por algunas de
las patologías que induce y por las terribles secuelas
que limitan la calidad de vida. Es una epidemia que no respeta
etnia, sexo, edad, condición socioeconómica
o cultural. No sólo es una epidemia del mundo desarrollado,
también lo es en las regiones más pobres y
atrasadas del planeta.
Este hábito suele iniciarse en la niñez o
adolescencia, siendo apuntalado por diversas situaciones
socioculturales y donde la publicidad estática como
dinámica tiene fundamental repercusión.
El problema pone de manifiesto diferentes conflictos de
intereses y, más allá de ciertas normas legales
poco efectivas que a veces denotan una sutil hipocresía,
la industria del tabaco es poderosa en un mundo globalizado
que está por encima de los estados. Las tabacaleras
tienen grandes márgenes de ganancias y millones de
familias de trabajadores del tabaco viven de las mismas,
pero también los gobiernos tienen fuertes ingresos
gracias a los duros impuestos si bien los costos directos
de atención médica superan la recaudación
impositiva. Según cálculos del Ministerio
de Salud Pública de la Nación en el 2004 los
servicios públicos, la seguridad social y el sector
privado desembolsaron aproximadamente 4.331 millones de
pesos en atención de estas enfermedades (15,56% de
los costos directos de atención médica por
todo concepto).
El que adquiere el hábito lo hace por propia voluntad,
ejerciendo su autonomía, pero es necesario analizar
algunas situaciones. ¿No es ético proteger
a la niñez de aquellos factores que inducen a adquirir
el hábito? Tengamos presente que la inmensa mayoría
de los fumadores adquirieron el hábito siendo menores
de edad y según algunos estudios el consumo es cada
vez más precoz. ¿No es ético proteger
a los no fumadores que concurren a lugares públicos
y son obligados a convertirse en fumadores pasivos? Según
datos del Ministerio de Salud Pública de la Nación,
unos 6.000 fumadores pasivos mueren por año en la
Argentina.
En cuanto a los fumadores activos, es ético brindarles
la ayuda necesaria para que puedan dejar el hábito
y, en lo que atañe a los enfermos reparemos que el
accionar del médico suele ser una ayuda tardía,
por eso es imprescindible prevenir. Nuestro país
se ha adherido al convenio marco de la Organización
Mundial de la Salud para el control del tabaco, y la OMS
considera fundamental el papel de los profesionales de la
salud para controlar esta adicción. Pero existe una
situación paradojal que merece considerarse: ¿qué
sucede cuando el médico es fumador? Resulta paradojal
porque estos colegas conocen perfectamente a través
de la práctica asistencial los efectos nocivos del
tabaco (…) En este tema como en tantos otros, el ejemplo
es fundamental.
Finalmente, no se puede combatir el hábito de fumar
sin políticas de estado. Los altos impuestos crean
un panorama diferente: el de los fumadores ricos. El implemento
de férreas restricciones e incluso persecuciones
da lugar a un mercado clandestino. En nuestro país
hay siete provincias tabacaleras (Corrientes, Misiones,
Chaco, Salta, Jujuy, Catamarca y Tucumán) que producen
casi 160.000 toneladas al año y se exporta el 80%;
en el 2004 la facturación alcanzó 190 millones
de dólares (La Nación). Una política
de reducción de daños no debe implicar generar
crisis sociales como a veces se deja traslucir, pues, muchas
regiones asientan su economía en la industria del
tabaco y empobreciendo a estas regiones se generan otros
problemas de vital importancia; en última instancia
habrá que encontrar alternativas o planificar medidas
de sustitución (reconversión de cultivos);
es necesario apelar a la inteligencia para hallar el camino
de la ética.
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