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IN MEMORIAN

Con el fallecimiento del Dr. Marcos Meeroff, Profesor Honorario de la Universidad de Buenos Aires, la medicina argentina pierde a uno de sus máximos exponentes. Meeroff tuvo una dilatada trayectoria en al ámbito de la gastroenterología, de la medicina antropológica y de la bioética. En 1959 fue Presidente de la Sociedad de Medicina Interna de Buenos Aires. Luego fundó y puso en marcha numerosos emprendimientos institucionales y académicos, el último fue la Academia Argentina de Ética en Medicina de la cual era su Presidente Honorario.

Autor de innumerables trabajos y de varios libros (uno de los escritores médicos más prolíficos en nuestro medio), fue relator en diferentes congresos internacionales. Como Maestro de la Gastroenterología, en el exterior se asociaba su nombre al de nuestro país.

A igual que los antiguos griegos, creía que el médico no solamente debía asistir a los enfermos y prevenir las enfermedades, pensaba que el médico debía ser un político, pues, de esta manera podía participar activamente en la res pública. Bregó por una justicia distributiva; pensaba que no debía haber una medicina para ricos y otra para pobres, sino que todos tuviesen acceso a una atención médica que fuese digna; estaba convencido que debía existir un acceso amplio a la educación, sin exclusiones, porque así se podrían formar los ciudadanos del futuro. En el fondo, Marcos Meeroff abrigaba un idealismo extraordinario.

Su persona de bien se traslucía en su asumido humanitarismo para con los pacientes y los colegas. Decía que a los pacientes había que tratarlos con cordialidad. De los colegas fue un maestro, cuando no un padre o un amigo.

Mi primer maestro fue mi padre –solía decir- quien me orientó hacía la carrera de medicina repitiendo con el Talmud (él era agnóstico, pero su padre rabino), “quien salva la vida de un enfermo, salva la humanidad entera”. En la sala de espera de su consultorio había una máxima de un sabio hindú: “trabaja como si fueras a vivir eternamente; vive como si fueras a morir mañana”. El Prof. Meeroff, a lo largo de su prolongada vida fue fiel a esta máxima. Requiescat in pace!

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