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Consideraciones sobre el suicidio médicamente asistido*

 

La figura del suicidio está presente en la historia de la humanidad desde tiempos remotos. En el año 31 a.C, la reina Cleopatra, al ser derrotado Marco Antonio, se suicidó haciéndose morder por una áspid (culebra venenosa de Egipto). La culebra, símbolo de la vida (todos los años muda de piel) era considerada una divinidad y se le brindaba culto. Reparemos que en lo que atañe a la profesión médica, una culebra enroscada en la vara del dios griego Asclepio (para los romanos Esculapio) todavía  hoy es símbolo de los médicos.

En el año 65 de nuestra era, Séneca, quien había sido preceptor de Nerón, fue acusado de participar en la conspiración de Pisón, y el emperador –célebre por su crueldad- le ordenó que se diera muerte. Tácito describe el suicidio en el libro de los Anales; Séneca demostrando valor y cierto efectismo teatral (dicen que muy del gusto de Nerón y su corte) se abre las venas y, como el proceso era lento bebe veneno. Séneca sostenía que morir en el momento justo es una demostración de libertad moral y, aceptaba el suicidio  como una justa elección contra los dolores de la enfermedad, pero dejaba en claro que tal elección debía ser racional, fruto de la reflexión.

Dos años más tarde era decapitado en Roma San Pablo. Bocaccio, comentando el verso de la Divina Comedia en donde Dante encuentra a Séneca en el limbo (del latín limbus, lugar donde las almas de los santos aguardaban la redención del género humano), da crédito a la leyenda -cultivada por los Padres de la Iglesia y luego en la Edad Media- de que Séneca era amigo de San Pablo y simpatizante del cristianismo. La leyenda es falsa, más allá de que los escritores cristianos encontraron en Séneca a uno de ellos. En las Cartas a Lucilio recomienda el suicidio como un acto de libertad absoluta del sujeto.

Lo cierto es que en la actualidad Séneca se ha convertido en el referente filosófico obligado de todos aquellos que defienden el suicidio como un derecho absoluto, como una determinación subjetiva y extrema del sujeto, que responde al principio bioético y canónico de autonomía del que deriva la dignidad (autonomismo extremo).

En el período helenístico y en la Roma imperial  se desconocen sanciones para aquellos que cometen suicidio o incluso para los médicos que ayuden a cumplir con esta práctica, excepto cuando se trataba de esclavos o de soldados.

En Atenas existía una ley por la cual los suicidas debían ser sepultados con la mano derecha amputada; en los siglos anteriores se creía que esto aplacaba el espíritu de aquellos que habían fallecidos de muerte violenta, independientemente de que fuesen asesinados o se suicidasen.

En el juramento hipocrático se sientan las normas morales para el ejercicio de la profesión médica (no suministrar venenos, no instrumentar abortos, etc.). Pero la prohibición de asistir a un suicida no fue tomada en cuenta en el ámbito médico hasta fines de un siglo antes de la caída del Imperio Romano (Siglo V), época en que ya se imponen los valores cristianos del respeto a la vida humana.

El suicidio es considerado desde la antigüedad como una autoliberación, ya que el individuo tomaría la decisión de manera libre y voluntaria, en las mismas circunstancias que podría justificarse la eutanasia, es decir, frente a una enfermedad incurable, cuyo sufrimiento resulta insoportable, y donde la persona conciente tiene pleno conocimiento de su padecer y su pronóstico.

La acción de autoeliminarse puede darse en dos contextos diferentes. En el primer caso se trata de una vivencia de situación desesperante, como se da en algunas patologías


 

psiquiátricas (depresión grave o episodio de enajenación), o también ante hechos circunstanciales motivados por ejemplos ante un desengaño amoroso, una urgencia social o económica, cuya decisión es irreflexiva. En el segundo caso, en la eutanasia, a diferencia del anterior, el individuo toma la decisión en libertad, luego de meditarla, y a consecuencia de que la patología incurable le ocasiona un gran sufrimiento que no alcanza a controlar el tratamiento.

Los defensores del suicidio médicamente asistido (aquel que dispone y ejecuta el propio paciente pero con la asistencia técnica de un médico) creen que éste debe ser un paso más en la asistencia al paciente terminal. Las asociaciones pro derecho a morir dignamente dicen que no alientan una acción de este tipo, y consideran que el médico no debe abandonar al paciente. Pretenden dar una esperanza a aquellos que les aguardan días de dolor y desesperanza, y que están firmemente decididos a no continuar viviendo. Dicen que saber que se tiene el poder de parar puede dar el coraje necesario para continuar. Incluso han elaborado guías con información detallada donde desaconsejan los métodos poco seguros o demasiado traumáticos para los demás, ya que el objetivo sería una muerte digna y responsable, respetando a las personas que quedan.

Para la tesis liberal el hombre es dueño de su propio cuerpo y en consecuencia puede disponer de él. Pero en nuestra sociedad no existe una fuerte convicción de que el individuo tenga derecho a quitarse la vida. Este tipo de suicidio se ha verificado con algunos pacientes considerados terminales e incluso con otros que sin ser terminales cursaban enfermedades crónicas invalidantes, penosas, que restringían considerablemente la calidad de vida.  Algunos enfermos han recurrido a la justicia solicitando la autorización del tribunal para concretar la práctica y librar de toda responsabilidad al que lo asista, pero tampoco la justicia se muestra proclive a reconocer este derecho.

 

En 1993, Jack Kevorkian, médico, apodado el “doctor de la muerte”, quien ya había ayudado a suicidarse a más de 100 personas, era exonerado por segunda vez de dos cargos de suicidio presentados contra él.

El 6 de marzo de 1996 el Tribunal de Apelaciones de San Francisco, California, rechazó una ley del Estado de Washington que prohibía el suicidio asistido llevado a cabo por médicos, convirtiéndose así en el primer tribunal del país que le otorga a los adultos competentes el derecho constitucional de pedir ayuda médica para suicidarse. Esta decisión despertó encendidas críticas, sobre todo de aquellos que veían una estrecha conexión entre el aborto y la eutanasia.

Los que se oponen al suicidio asistido dicen que los testamentos en vida son documentos “ambiguos”, porque el individuo pide que en caso de quedar incompetente se le retiren los medios extraordinarios de conservación de la vida y, el problema estriba en que no se define el término “extraordinario”, ambigüedad que facilitaría los abusos por parte del personal médico. Sostienen además que esta mentalidad anti-vida generada por la legalización y la práctica indiscriminada del aborto ha dado paso al infanticidio (eutanasia de niños), al suicidio asistido y a la eutanasia.

A poco de que el Tribunal de San Francisco legalizara el suicidio asistido, otro tribunal de apelaciones en Nueva York también aprobó el 2 de abril de 1996 esta práctica, lo que habría despertado la crítica de la Asociación Médica Americana.

El 26 de febrero de 1998, la Oregon Health Services Commission, votó por amplio margen a favor de que se añadiese el suicidio médicamente asistido a la lista de tratamientos de prioridad que le proporciona a los pacientes que reciben ayuda económica del gobierno


 

para el cuidado de su salud (Medicaid) bajo el Oregon Health Plan. A pesar de que la ley federal prohíbe el uso de fondos del Medicaid para el suicidio asistido y para gastos relacionados con él, la Comisión dijo que podría integrar esta práctica en su plan de salud, siempre y cuando dicho servicio sea pagado solamente con fondos del Estado de Oregon. La Comisión también sostuvo que el negar fondos públicos para el suicidio asistido constituiría una discriminación hacia los pobres en un estado donde la práctica es legal.

El Center for Ethics en Health Care de la Oregon Health Sciences University, ha publicado una guía para los profesionales de la salud con respecto al suicidio asistido, que se titula, The Oregon Death With Dignity Act: A Guidebook for Health Care Providers (El acta para la muerte con dignidad de Oregon: Un manual para los proveedores del cuidado de la salud).

En uno de las numerosas páginas Web que aparecen fijando tesituras acerca del tema en cuestión, se sostiene: “El que un paciente con una enfermedad incurable quiera tener  algún control sobre su propia muerte no es algo idiosincrásico, egoísta, ni muestra ningún tipo de desequilibrio mental. La idea de una muerte noble y digna, con un significado profundamente personal y único, se encuentra exaltada en grandes obras literarias, poéticas, artísticas y musicales. Cuando un enfermo incurable pide que le ayuden a morir de este modo, creemos  que los médicos tienen la obligación de investigar la petición a fondo y, en determinadas circunstancias, considerar cuidadosamente el hacer una excepción a la prohibición de ayudar a morir” (sic)

 

En abril de 2003 los diarios europeos informaban que una pareja británica había muerto como consecuencia de un posible suicidio asistido luego de recibir una dosis letal de barbitúricos en uno de los centros del grupo Dignitas (Ginebra). Dignitas ya ha ayudado a morir a unas 150 personas. Robert Stokes tenía 59 años y presentaba epilepsia, su esposa, Jennifer, de 53 años, tenía diabetes y “problemas en la espalda”. Ninguno de ellos sufría una enfermedad terminal, según afirmó la hermana de Jennifer a un diario británico. La Asociación de Eutanasia Voluntaria, por su parte, acusó al Gobierno británico de no asumir la obligación que le compete en estos casos, lo que torna inevitable el denominado “turismo del suicidio”. En la actualidad, ese turismo suicida se dirige a Suiza donde evidentemente logra su propósito.

No cabe duda que el suicidio constituye uno de los grandes dilemas de la humanidad, tan antiguo como ésta, pero la intervención del médico en la consumación de este acto también es motivo de opiniones encontradas, pues, la competencia del médico como colaborador técnico (no necesariamente instigador como sustentan doctrinarios del derecho) excede los estudios y las competencias de cualquier facultad de medicina e incluso los códigos de ética profesional.

*Prof. Dr. Roberto M. Cataldi Amatriain.

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