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Política
de Prevención del Riesgo de Mala Praxis
Prof. Dr.Genival Veloso de França*
Aunque no exista una fórmula mágica e infalible
para evitar la mala praxis, se hace necesario aplicar todos
los esfuerzos en el sentido de crearse condiciones y mecanismos
capaces de contribuir de forma efectiva por lo menos en
la disminución de esos malos resultados, ya que no
interesan a nadie.
La primer providencia en este sentido es desarmar a las
personas de un cierto preconcepto de que el médico
es responsable por todo resultado atípico e indeseado
en el ejercicio de la medicina, cuando algunas veces es
también de la víctima. Por eso, se impone
centrar nuestra comprensión en el montaje de un perfil
epidemiológico del mal resultado, en el sentido de
apuntar no apenas su diagnóstico, sino también
fomentar la promoción de una política de conductas,
medios y mecanismos que sea eficaz en la corrección
de estos desvíos.
Cualquiera que sea la propuesta en este sentido, mismo aquellas
que traen embutidos algunos intereses profesionales en el
“gerenciamiento del riesgo” por empresas especializadas,
debe ser analizada como forma de contribución a este
problema.
La
verdad es que la medicina actual nada más es que
una sucesión de riesgos. El gran arsenal tecnológico
de que dispone, actualmente, la Ciencia Médica trajo,
para el hombre, provechos inestimables. Por otro lado, ese
nuevo orden no pudo evitar que surgiesen más accidentes
en el ejercicio de nuestra profesión. Vivimos la
era del riesgo.
El
accidente médico es, no pocas veces, inevitable e
inesperado, y sus causas son, desde el punto ponto de vista
subjetivo, difíciles pero con posibilidades de ser
determinadas.
Entretanto, es necesario dejar bien claro que este proyecto
no se destina apenas a identificar los factores potenciales
de riesgo frente a las demandas por responsabilidad civil,
penal y ético-administrativa, sino, sobre todo, a
mejorar las condiciones de trabajo médico y con perspectivas
de vida y de salud de la población.
Factores
de Riesgo
Como se ve en la práctica del ejercicio médico,
muchos son los factores de riesgo que llevan al mal resultado.
Podemos clasificarlos como factores no asistenciales y factores
asistenciales.
Entre los factores no asistenciales vamos a destacar:
1. El sistema de salud. La primer cosa que llama nuestra
atención en el ejercicio de la medicina es lo destorcido
y desorganizado que es el sistema de salud pública.
La llamada socialización de la medicina con la expansión
de los servicios de salud y la creación de las instituciones
prestadoras de la asistencia médica, colocó
entre el médico y el paciente ciertos conflictos,
los cuales, casi siempre, cuentan con complejas implicaciones
de orden ética y legal. Por otro lado, las políticas
sociales y de salud no se realizaran como instrumento de
redistribución de la renta y de atenuación
de las desigualdades sociales. No se atiende al principio
de la universalización y de la equidad, y pasan lejos
de la discusión y de la participación democrática
de los sectores organizados de la sociedad. El modelo de
desarrollo económico y social impuesto durante las
cuatro últimas décadas se mostró excesivamente
concentrador, propiciando niveles de vida y de salud que
no corresponden a las necesidades de la población.
Esto tubo un reflejo muy negativo en la organización
y en la estructuración de los servicios prestadores
de asistencia médica. Y es en este ambiente de penuria
y de precariedades que el médico ejerce sus actividades.
2.
La falta de compromiso del médico. Hay motivos políticos
y sociales que comienzan a exigir de los médicos
posiciones más coherentes con la realidad que se
vive. Un modelo capaz de revelar el mejor papel que esa
postura desempeñe en el complejo proyecto de derechos
y deberes, y que pueda apuntar, con justicia y acierto,
el camino ideal en la realización del acto médico
y en las exigencias del bien común. Por eso el médico
no puede quedar indiferente, pues el ejercicio de la medicina
es un acto político en favor de la salud individual
y colectiva y, también en la tentativa de busca de
la ciudadanía. El propio Código de Ética
del médico debe estar dirigido para eso, si no, qué
ética es esta que no ve tales necesidades, principalmente
cuando ellas alcanzan los más desfavorecidos y los
más necesitados, tantas veces desheredados de la
suerte? Por lo tanto, es deber del médico luchar
organizadamente en favor de las mejores condiciones de atención
y no considerar la enfermedad como un resultado de la fatalidad.
No basta modificar la relación entre el hombre y
la naturaleza, sino, también, mudar las relaciones
sociales.
3.
La no-participación de la sociedad. Esta, por su
vez, también debe comprender que la cuestión
de la mejoría de las condiciones de salud y de los
niveles de vida no debe concentrarse apenas en las manos
de los médicos. Es preciso que la sociedad se manifieste
siempre que sea necesario, haciendo ver su inconformismo
y su revuelta contra la disparidad reinante entre las condiciones
de salud de la colectividad y las disponibilidades cada
vez más crecientes de la ciencia y de la tecnología.
Debe entender aún que la lucha contra el mal resultado
en la asistencia médica pasa por propuestas y encaminamientos
de las políticas sociales públicas y que ese
resultado tan indeseado no tiene como causa única
la mala praxis de los médicos. Por eso cuando vemos
los movimientos de organización y de movilización
de los segmentos sociales contra la “mala praxis”
no podemos quedar ajenos a eso, desde que tal encaminamiento
tenga como propuesta la prevención de resultados
indeseables y no el simple deseo de venganza patrocinado
por parientes de las víctimas de resultados atípicos.
El ideal sería que esos grupos se aliasen a los médicos
y a todos aquellos que se interesan por la lucha en favor
de la buena asistencia médica, pues ahí se
concentra ciertamente la base para una política de
prevención de riesgos de malos resultados.
4.
La no-revisión del aparato formador. Ningún
analista de esta cuestión deja de señalar
el nivel de la enseñanza médica brasileña
como uno de los causadores de la sufrible formación
profesional por la mayoría de las escuelas médicas
y, consecuentemente, factor preponderante en la eclosión
del mal resultado. Además de las pésimas condiciones
de enseñanza y aprendizaje, de los bajos salarios
de los profesores, de la falta de una estrategia para un
perfil del médico que se necesita y de la falta de
recursos para la investigación y la extensión,
no existe una revisión sobre esa calidad de enseñanza,
sino tan solamente las decisiones precipitadas e irresponsables
de creación de nuevas escuelas médicas. Además
de esto, las maniobras astutas de empobrecimiento de las
escuelas con el propósito de colocarlas en el paquete
de las privatizaciones inconsecuentes, lo que, por lo menos,
sugiere complicidad.
5.
La falta de enseñanza continuada. Entre nosotros
no es exagerado afirmar que para ejercer la profesión
médica no basta una habilitación legal, representada
por un título y su registro en los Consejos de Medicina.
Es necesaria la continuada habilitación profesional
constituida de un permanente aprendizaje. La verdad es que
no existe entre nosotros ninguna norma o ninguna exigencia
obligando al médico a actualizarse siempre. Es también
rarísima la institución pública o privada
que se dedique o que presente con un proyecto dedicado a
la enseñanza continuada, dando oportunidad de reciclaje
médico o estimulando al profesional en la perspectiva
de acompañar razonablemente los pasos de su ciencia.
6.
La precaria fiscalización del ejercicio profesional.
Aunque los Consejos de Medicina tengan como objetivos primeros
las tareas pedagógicas y doctrinarias, no se puede
omitir como papel significativo la fiscalización
del ejercicio de la medicina, como forma de ajustar al profesional
a los dictámenes consagrados en su Código
de Ética, “cabiéndole cuidar y trabajar
por todos los medios a su alcance, por el perfecto desempeño
ético de la medicina y por el prestigio y buen concepto
de la profesión y de los que la ejerzan legalmente”.
Los Consejos no pueden quedar apenas en las interminables
reuniones donde son discutidos asuntos de menor interés
o de destinarse tan solamente a la expedición de
libretas. Deben partir para una ofensiva más positiva,
al ejemplo de algunas Regionales que están yendo
a los establecimientos de salud para verificar la calidad
de la asistencia.
En
lo tocante a los factores asistenciales podemos señalar:
1.
El desgaste de la relación médico-paciente.
No es sólo por el hecho de parar la demanda judicial
por mala praxis, pero todos saben que una buena relación
entre el médico y su paciente es una forma de mejor
entrelazamiento, de mejor percepción de los problemas
del asistido y una manera de estimular el interés
y la dedicación profesional. Una relación
médico-paciente amistosa deja al asistente e al asistido
en condiciones de ejercer tranquilamente sus papeles. Infelizmente,
por razones de las más variadas, esta relación,
aunque no de manera generalizada, viene transformándose
en una tragedia, o por lo menos, en un encuentro desconfortable.
Lamentablemente, la deterioración de la relación
médico-paciente se presenta como el motivo más
fuerte del aumento de acciones de responsabilidad profesional.
Hay que encontrar un camino para invertir esta situación
y hacer con que esta relación vuelva a ser la cualidad
que colocó a la medicina en un lugar de respeto y
consideración.
2.
La falta de condiciones de trabajo. Nadie desconoce también
que muchos de estos malos resultados tengan como origen
las pésimas y precarias condiciones de trabajo, en
una atención a la salud cada vez más decadente
y anárquica como proyecto, mismo que tengamos un
número razonable de médicos con relación
a nuestra población. Los servicios públicos,
con honrosas excepciones, están desmantelados por
una política dirigida por la propia estrategia de
poder, como forma deliberada de desmoralizarlos y entregarlos
a la iniciativa privada, a ejemplo de lo que se está
haciendo precipitadamente como política de privatización.
La verdad es que los profesionales de la salud sienten en
su día a día, cada vez más, dificultades
para ejercer sus actividades, frente a las indigentes condiciones
de trabajo. En este escenario perverso, es fácil
entender lo que está aconteciendo en los locales
de trabajo médico, donde se multiplican los daños
a las víctimas, y donde lo más fácil
es culpar a los médicos como primeros responsables.
3.
El abuso de poder. Es necesario, también, saber si
el profesional actuó con la cautela debida y, por
lo tanto, descaracterizada de precipitación, de importunismo
o de insensatez. una de las formas más comunes de
desvío de poder es la práctica médica
realizada por profesionales que no están capacitados
para realizar determinada especialidad médica. Otra
forma condenable y por eso agravante en una evaluación
por supuesta mala praxis es el procedimiento desnecesario.
4.
La falsa garantía de resultado. Mismo que el médico
deba ser optimista cuando participa junto al paciente, él
no debe garantizar ciertos resultados, principalmente si
este procedimiento es complejo y de riesgo, como en la cirugía
estrictamente estética. Lo que se recomienda es el
uso adecuado de los medios y conductas que favorezcan al
paciente y una palabra de estímulo que no signifique
promesa, pues en determinados instantes esta garantía
de resultado siempre favorable significa una violación
al deber de informar debida y correctamente.
5.
La falta del consentimiento esclarecido. Con el avance cada
día más elocuente de los derechos humanos,
el acto médico, como regla, sólo alcanza su
verdadera dimensión y su incontrastable destino cuando
se tiene el consentimiento del paciente o de sus responsables
legales. Así, grosso modo, todo procedimiento profesional
necesita de una autorización previa. Además,
se exige no sólo el consentimiento puro y simple,
sino el o consentimiento informado. Se entiende como tal,
el consentimiento obtenido de un individuo civilmente capaz
y apto para entender y considerar razonablemente una propuesta
o una conducta, exenta de coacción, influencia o
inducción. No puede ser obtenido a través
de una simple firma o de una lectura apurada en textos minúsculos
de formularios a camino de la sala de operaciones. Al contrario,
por medio de lenguaje accesible a su nivel de convencimiento
y comprensión (principio de la información
adecuada). Mismo que el consentimiento informado sea un
instrumento de defensa ante una alegación de mala
praxis, el mismo tiene como sentido mayor la dignificación
de la persona. El consentimiento no es un acto irretractable
y permanente (principios de la revocabilidad y de la temporalidad).
Por otro lado, debe quedar bien claro que el hecho de tener
un consentimiento informado, esto, por si sólo, no
exenta al médico cuando existen otras faltas en el
cumplimiento de los deberes de conducta.
6. El llenado inadecuado de las historias. Uno de los elementos
más valorizados cuando se hace la evaluación
de un caso de mala praxis, es la historia del paciente.
En este documento deben estar de forma legible no apenas
la anamnesia, sino todo el conjunto de documentos padronzazo,
ordenado y conciso, referente al registro de los cuidados
médicos prestados y a los documentos juntados. Consta
del examen clínico, sus fichas de evolución
y de prescripción terapéutica, los informes
de enfermería, los informes de la anestesia y de
la cirugía, la ficha de registro de resultados de
exámenes complementarios y, mismo hasta copias de
certificados y solicitaciones de exámenes. Constituye
la historia un verdadero dossier que tanto sirve para análisis
de la evolución de la enfermedad, como para fines
estadísticos que alimentan la memoria del servicio
y como defensa del profesional, caso sea responsabilizado
por algún resultado atípico e indeseado. Por
lo que vimos, su inexistencia o su llenado incompleto puede
transformarse en un factor negativo en los procedimientos
de prueba. Creemos que la historia es la mejor arma cuando
se realiza una evaluación judicial.
7.
La precaria documentación de los procedimientos.
Todo proyecto de gerenciamiento o administración
del riesgo de mala praxis debe contar con orientación
adecuada de la documentación de los procedimientos
realizados. No es demás decir que en nuestro sistema
de proceso es siempre muy importante la prueba documental.
Como las acciones judiciales son muy morosas, y como los
demandantes tienen un plazo hasta cierto punto largo, para
pleitear la acción, es importante que todos los documentos
referentes a la asistencia discutida sean guardados, por
lo menos por diez años para las exigencias del Consejo
Federal de Medicina y de veinte años para la prescripción
de la obligación contractual.
8.
El abandono del paciente. La regla es que el médico
no puede abandonar su paciente, a no ser en situaciones
muy especiales, anotadas en el artículo 61 del Código
de Ética Médica, donde puede hasta renunciar
al tratamiento, desde que eso sea llevado al conocimiento
de su asistido o de sus familiares, y que no haya perjuicio
con esa separación. Por otro lado, es muy natural
que en una relación profesional, no existiendo más
la confianza del paciente, o cuando él no atiende
las recomendaciones y las prescripciones médicas,
lleguen a un acuerdo, a través del cual el médico
sea dispensado de su asistencia.
* Médico, Profesor, conferencista
internacional en Derecho Médico, Titular de Medicina
Legal Universidad Federal da Paraíba - Brasil; Profesor
Titular de Medicina Legal Escuela Superior de la Magistratura,
Paraíba - Brasil; Vice-Presidente de la Sociedad
Brasilera de Medicina Legal; Socio Fundador y Miembro de
la Junta Directiva de la Sociedad Iberoamericana de Derecho
Médico. Profesor Visitante Universidad Estadual de
Montes Claros - Minas Gerais - Brasil. Autor de diversos
libros y publicaciones en materia de Derecho Médico.
Presidente Honorario de la Sociedad Brasilera de Derecho
Médico (SODIME)
1Resumen
de la conferencia pronunciada en las “Jornadas de
Gestión Riesgos Médico Legales para Clínicas
y Hospitales”, realizadas en Santiago do Chile, de
22 a 23 de marzo de 2002.
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