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Ética en neurología*
Los problemas de la ética en medicina no reconocen
especialidades. Sin embargo, tal vez sea en neurología donde
–con la cuestión de la muerte cerebral- se susciten las
mayores discusiones.
Bien dice Ferreiro (1), que “el avance de las ciencias
biológicas en las últimas décadas ha sido –sin dudas-
espectacular y las ciencias neurológicas no han permanecido
ajenas a ello sino, antes bien, han contribuido a su
progreso, y a su vez, se han visto enriquecidas por sus
logros. Esto ha impactado en la práctica neurológica
mejorando la precisión diagnóstica, ayudando a interpretar
manifestaciones patológicas y proveyendo de nuevas tácticas
terapéuticas. Pero nada ha reemplazado al sagaz relevamiento
de signos, al interrogatorio inteligente y perspicaz, en
definitiva a todo aquello que hace a la siempre recordable
relación médico-paciente.
“Tradicionalmente, la neurología posee una elaborada
semiología, resabio en que los tiempos en que la exploración
por imágenes del sistema nervioso era una utopía, pero que
ayudó, además del diagnóstico, al mejor entendimiento de la
funcionalidad de éste y de las expresiones de sus
desarreglos.
“Lo intrincado de las funciones del sistema nervioso, su
compleja textura tisular, la pluralidad funcional y la
multifactorial patología que puede agredirlo de una u otra
manera, conducen a una profusa enfermedad en que los
síntomas y signos se ordenan metódicamente pero en la que,
no pocas veces, aparentan una caótica presentación y
desanima a aquel que pretende deshilvanarlo, adjudicándole
así a la patología neurológica una reputación de complejidad
y de inabordabilidad no siempre desmerecida.”
Este sería uno de los factores que acentúa la complejidad
ética de los problemas neurológico: lo intrincado del
diagnóstico, el pronóstico y el tratamiento de las
afecciones que le competen. Podemos agregarle a ello los
que, en un panorama general, considera Cataldi Amatriain
(2), al afirmar que “los factores que motivaron la aparición
de la Bioética en los años ’70 fueron: 1) La revolución
tecnológica médica. 2) La sustancial modificación de la
clásica relación médico-paciente. 3) La respuesta política y
económica ante la creciente demanda de servicios de salud.
4) Algunas situaciones ético-jurídicas que tuvieron gran
repercusión en la opinión pública (fundamentalmente en la
opinión pública norteamericana)”.
Esa misma complejidad contribuye a la gran variabilidad de
los problemas éticos que pueden acaecer, sin olvidar que,
como expresa Savater (3), la ética “no presenta una
descripción exterior de la conducta humana, sino que se
propone un ideal. Y el ideal es algo más, bastante más que
una idea o que una articulación de ideas: Hermann Nohl, en
su Introducción a la ética, dice que ‘el ideal es la fuerza
alegre’. Pertenece el ideal al campo de la imaginación
simbólica, que no es opuesto, contrario o excluyente de la
racionalidad, sino que la engloba, la precede y la
trasciende. La racionalidad desasfaltada, polimorfa, es
intrínsecamente imaginativa. El ideal ético es la
explicitación del símbolo de la totalidad abierta y
autodeterminante que nuestro querer se propone llegar a ser,
para huir de la identidad cosificadora. Como todo símbolo,
es una expresión espontánea de la implantación de la
subjetividad en el mundo...”
Estas reflexiones, en cierto modo poéticas, están señalando
la relatividad (Savater habla de subjetividad) de toda
calificación ética, y explica la infinita serie de
controversias que ocasiona toda ponencia en ese aspecto.
Esto genera la necesidad del trabajo multidisciplinario, de
la labor en equipo, que –en definitiva- lleva a la formación
de los Comités de Ética, donde discuten médicos, sociólogos,
psicólogos, religiosos y hombres comunes. Una determinación
ética es, para una sola persona, una mochila muy pesada de
acarrear.
Mucho se ha logrado desde Nuremberg con respecto a la ética
en medicina, y nuestra profesión ha establecido lazos más
coherentes con los enfermos. La imagen del médico
omnipotente y autoritario ha desaparecido o tiende a
desaparecer; no obstante, no debe desaparecer la visión del
Médico (así con minúscula), con todo su significado dentro
de la división del trabajo de la sociedad. “Esta
interpretación independiente de la medicina –indica Meeroff
(4)- permite resolver varios dilemas de su práctica, a
saber: 1) permite introducir las variables sociales y
psicológicas en el ámbito de la medicina, 2) permite aceptar
que el uso moderado del empirismo clínico, si bien no es
perfecto, tampoco constituye un hecho aborrecible, 3)
permite aceptar que hacer medicina asistencial es tan
respetable y valedero como hacer ciencia pura, 4) permite
entender que mientras el investigador trabaja por mejorar su
conocimiento, el médico trabaja para beneficio del enfermo.”
En neurología, señala Guzmán (5), “es raro que en nuestra
tarea rutinaria no encontremos semanalmente algunos de los
siguientes problemas: diagnóstico de muerte cerebral, inicio
o suspensión de tratamiento en pacientes dañados cerebrales,
la comunicación al paciente o a los familiares de un
diagnóstico de esclerosis múltiple o esclerosis lateral
amiotrófica, cuándo avanzar en estudios y terapias
alternativas en un ataque de isquemia transitoria, qué
cuidados dar a un niño o adulto con enfermedades
neuromusculares, lo mismo para un paciente demente, etc.”
Como toda actividad que recién se inicia, los resultados de
los problemas que debe afrontar la ética despiertan temor.
Además, con la actual semisocialización de la medicina (en
la década de ’50 Ramón Carrillo sostenía que ya lo que
estaba), y por cierto profundizada con los años, el problema
de la ética alcanza más el plano institucional que el
individual. En este sentido expresa Fracapani (6),
refiriéndose a la actividad institucional: “El compromiso
ético que es extrínseco al funcionamiento, se basa en el
principio de la reciprocidad. De ahí que podamos afirmar que
ninguno de los actos realizados por un integrante del equipo
de salud permanece aislado, sino que produce efectos que se
pueden cuantificar y medir en todo el sistema.
“Por lo tanto la ética de la organización consiste en:
• Diseñar instrumentos analíticos y estrategias coherentes
para medir los efectos de cada acción efectuada.
• Responsabilizar y motivar a todos los componentes a asumir
el mismo modelo funcional.
• Calcular equitativamente las inversiones con relación a
los fines sociedad-Estado y a los recursos disponibles.
• Evaluar los resultados para adecuar periódicamente (o
mejor continuamente) los medios a los fines.
“La empresa es difícil, pero sin estas metas y la formación
coherente del personal no podremos conseguir salud para
todos.”
En clínica neurológica, con las limitaciones cognoscitivas
que padecen una buena parte de los pacientes y la frecuente
necesidad de efectuar pruebas diagnósticas, ciertos
problemas éticos, como dice Guerrero (7), pueden ser
inherentes a esa misma pérdida de habilidades, como puede
ser la falta de comprensión sobre aquello que se le
pregunta. El consentimiento informado, en el caso de pruebas
de investigación clínica, también puede verse perturbado por
esas circunstancias. Es por eso que, como expresa Meeroff
(8), la medicina asistencial, curativa y rehabilitadora, “es
el trabajo diario clásico del médico y sus colaboradores. En
su ejercicio aparecen problemas que debemos resolver a
partir del enfoque éticos. Son los mil y un problemas que se
han multiplicado en esta época en nuestro país: medicina
deficiente en cantidad y calidad, sectores amplios de la
población desprotegidos, incluso hambreados. Así se van
enhebrando en ininterrumpida cadena los problemas del diario
actuar del médico. Temas y problemas de variada gravedad que
muy a menudo afectan al propio médico en su capacidad de
resolverlos, a la vez que dañan su salud [...] Desde luego
se multiplican desde el momento en que se nos presenta el
primer enfermo. Como guía de procedimiento, disponemos de
las normas de ética, que fundamentan las actitudes a adoptar
y ya analizamos:
1. Autonomía del paciente.
2. Beneficencia del actuar médico
3. Justicia equitativa como manda el Estado.”
La ética en neurología tiene tantas vertientes que solamente
nos ocuparemos de: a) los factores ligados con la
neonatología, tal el caso de la anencefalia; b) la
rehabilitación de las afecciones neurológicas, y c) la
eutanasia, ligada fuertemente a la muerte cerebral.
a) Factores relacionados con la neonatología
En estos casos, la relación más difícil que debe establecer
el médico es con los padres y el resto de los familiares
(sobre todo los abuelos) del producto. Así también los
considera Glass (9) que extiende esa lógica preocupación
también a los médicos que asisten a los niños que al nacer
padecen trastornos neurológicos. Y son justamente los
neurólogos. La consulta de los familiares se relaciona con
el diagnóstico y, especialmente, con el pronóstico. La
información apropiada es la base de la correcta relación con
los parientes del niño afectado. Habitualmente, los
conflictos deben transcurrir entre una moral teórica y una
moral correcta, que no tienen una sola respuesta (10). A
veces debemos sacrificar –ante los familiares- la
perspectiva de lo rígido por lo aceptable.
Cecchetto (11) estudió “seis casos de neonatos en la Unidad
de Cuidados Intensivos Neonatal en el partido de General
Pueyrredón (Pcia. de Bs. As.). Entre estos casos, uno
padecía mielomeningocele y serias complicaciones
respiratorias (neumonía, aspiración meconial y crisis de
broncospasmo) y otro hidrocefalia y mielomeningocele que fue
dado de alta con secuelas de importancia”, Los otros eran
prematuros.
La relación con los padres fue compleja: algunos “se
lamentaban por la abundancia de términos científicos y
técnicos utilizados y la escasez de referencias concretas”.
“La mayoría de los encuestados reconoció que el estado de
confusión, shock, pena o desazón que los oprimía se
convirtió en un obstáculo serio a la hora de aceptar o
rechazar un tratamiento médico para su hijo enfermo. También
se resaltó el papel decisivo que juega en este proceso la
inadecuada comprensión de los hechos científicos y, en menor
medida, la escasez de tiempo para poder reflexionar
fríamente y en profundidad sobre la propuesta médica
recibida [...] Los afectados, a pesar de los reparos
consignados, se sintieron en líneas generales medianamente
satisfechos con la participación que les cupo durante la
internación del niño en la Unidad de Cuidados Intensivos
Neonatal.”
Las anomalías fetales son frecuentes y gracias a los
modernos métodos de imágenes (ecografía) se pueden detectar
mucho antes del nacimiento. Algunas de ellas se inician con
la vida (anencefalia) y otras acarrean serias consecuencias
para lo niños y sus familiares (siameses). En 1967, en el
reino Unido, mediante el Abortion Act se establecieron
criterios definidos para la interrupción del embarazo en
casos de presunción de anomalías fetales (en esa época
recién se iniciaban los primeros ensayos con ecografía). Al
respecto, así decían Scorer y Wing (12): “Se esperaba que
uno de los resultados de Act fuese la disminución de niños
nacidos con anomalías congénitas. No ha sucedido así, en
buena medida porque pocos de estos casos pueden
identificarse antes del nacimiento. A las madres que
contraen la rubéola en las primeras semanas del embarazo, se
les suele ofrecer la posibilidad de interrumpirlo si
presenta aumento de los títulos de anticuerpos específicos.
Cuando existe la posibilidad de una anomalía genética y se
trata de mujeres de más de 35 años con un riesgo elevado de
tener un niño mongólico, se suele indicar la práctica de una
anniocentesis hacia la 16 semana de gestación. Cuando existe
un nivel elevado de alfaproteína sérica sugestiva de que el
feto sufre un importante defecto del tubo neural, como
espina bífida o anencefalia, también se considera indicada
la práctica de una anniocentesis. Esta técnica entraña
cierto riesgo y muchos creen que no debe realizarse a menos
que, si se demuestra afección del niño, la mujer esté
dispuesta al aborto. Cabe plantearse si es mejor para el
niño no nacer que nacer deformado. Algunos moralistas han
expresado sus reparos ante tal actitud. Se ha señalado,
además, que se están abortando muchos fetos normales por la
mera presunción de anomalías, y que se pierden algunos a
causa del traumatismo que puede ocasionar la misma técnica
diagnóstica. El cultivo de células requiere tiempo, y ello
conlleva además el que quizá no se pueda proceder al aborto
del feto antes de las 20 semanas de gestación.”
No obstante, ante las reflexiones a que nos lleva esta
página, debemos decir que el Abortion Act no dio el
resultado esperado porque las anomalías de los nacidos
siguieron presentándose con la misma frecuencia. Cuando
Baliña (13) se refiere a los medios ordinarios y
extraordinarios de la atención médica en estos casos,
sostiene lo siguiente: “El ejemplo típico es el niño con
graves defectos congénitos. Se le debe dar sólo los medios
proporcionados para una buena vida humana, y el médico y la
familia no necesitan inquietarse (ni temer el facultativo el
juicio de malapráctica) si no se le administran todos los
medios desproporcionados a las posibilidades de la familia y
del lugar. Pero aquí surge un problema de decisión: ¿A quién
hay que dejar morir y a quién hay que atender con más
empeño? La sociedad opulenta y de consumo (the affluent
society) decreta que hay que prolongarle la vida al que
tiene más recursos o una institución asistencial, de obra
social o de prepago que lo financie con eficacia. Garret
Hardin es un vocero de ‘la ética del bote salvavidas’, y
propone que hay que tomar decisiones para que sobrevivan los
mejores, que pueden educar a sus hijos con mejores recursos
y que hay que negarles la sobre vida a los que no tienen
posibilidad de educar a sus hijos con buenos recursos
educacionales, alimentarios, etc., etc.” Propone una
solución discriminativa que dejaría en condiciones de
inferioridad a los habitantes de los países periféricos y,
dentro de ellos, a las zonas periféricas. La historia está
llena de grandes hombres que surgieron de las condiciones
más humildes que se pueda pensar.
Algunas malformaciones fetales de tipo neurológico son
incompatibles con la vida, tal el caso de la anencefalia,
grave defecto que significa la ausencia de hemisferios
cerebrales y, por lo tanto, con una sobre vida que rara vez
supera las 12 horas, aunque la mayoría de estos fetos nacen
muertos. En julio de 2004, aunque existían antecedentes
contrarios a esta nueva resolución, la Suprema Corte de la
provincia de Buenos Aires aprobó la intervención quirúrgica
(interrupción del embarazo) al analizar el caso de una mujer
de 39 años, con domicilio en La Matanza, cuya identidad se
reservó. La mujer, que ya había tenido cinco partos y seis
abortos espontáneos, recurrió al Tribunal de Familia N° 2 de
esta capital (La Plata) en el sexto mes de gestación de un
bebé con anencefalia. El tribunal de primera instancia había
negado la intervención quirúrgica y la mujer apeló la
decisión.
“La Corte provincial autorizó la inducción del parto con el
voto afirmativo de los jueces Juan Carlos Hitters, Luis
Genoud, Francisco Roncoroni, Daniel Soria y Héctor Negri.
“Hitters consideró en su voto que ‘el simple objetivo de
prolongar la vida intrauterina del nasciturus no puede
prevalecer frente al daño psicológico de la madre que lleva
en su seno a un ser desprovisto de cerebro. Por tanto, para
poner fin a este intenso sufrimiento corresponde autorizar
la inducción del parto prematuro” (14).
Como señala la nota y era de esperar frente a esta posición
“la sentencia fue calificada por la asociación civil Pro
Vida como un ‘retroceso moral, ya que permite al Estado
aniquilar a los diferentes’. En similar sentido, el
Instituto de Bioética de la Facultad de Ciencias de la Salud
de la Universidad Católica Argentina había expresado a La
Nación que ‘el anencéfalo es un individuo de la especie
humana que tiene que ser respetado como persona, como
cualquier otro embrión’.” Es indudable que en esa
controversia se contrapone una tendencia religiosa a una
científica, si se quiere más acorde con la filosofía clásica
griega, de la Naturaleza, occidental.
b) La rehabilitación en las enfermedades neurológicas
La rehabilitación neurológica transita por extremos tan
disímiles como pueden ser las secuelas de un ataque
isquémico transitorio cerebral o una parálisis facial
periférica hasta las cuadriplejías por lesiones medulares
altas, de gran complejidad y escasos resultados positivos.
El equipo de salud, y especialmente los kinesiólogos
encargados de la rehabilitación deben actuar con la
prudencia necesaria para lograr la plena colaboración del
paciente que no debe perder su autoestima.
Cibeira (15) describe las etapas por las que pasa un
accidentado que puede padecer diversas lesiones neurológicas
(traumatismo de cráneo, lesión medular, monoplejías,
paraplejías, etc.). La primera de ellas es la fase aguda,
donde el paciente se aturde y concentra toda la atención en
su cuerpo. Es frecuente que la secreción de endorfinas evite
el dolor. La segunda, es la fase de la desesperación, ira,
irritabilidad, se buscan culpables y se agreden a los
allegados. “En esta etapa puede perder el incentivo de lucha
y regresar a una fase anterior modificada: ‘meterse en sí
mismo’, y negar su desventura.”
Luego, será el momento de la valorización médico-social en
rehabilitación. Se efectúa con los que padecen lesiones
medulares, con sus deficiencias (completas e incompletas),
evaluando fuerza y sensibilidad, espasticidad, amplitud
articular, grado de dolor, y si presenta vejiga neurogénica.
También son pasibles de la misma valoración los pacientes
con traumatismos cerebrales (diversos tipos de coma,
hiperreflexia, amplitud articular, etc.), con enfermedad de
Parkinson, esclerosis múltiple, parálisis cerebral,
parálisis obstétrica, parálisis por trauma plexual.
“La Clasificación Internacional de las Enfermedades (CIE)
habla de la curación, de las jerarquías patogénicas y vigila
el desarrollo estadístico de estas dolencias. En la década
del ‘80 y con sentido moderno, el mismo organismo ha
establecido una nueva clasificación que, en el transcurso
del tiempo, ha adquirido diferentes denominaciones. Pero lo
fundamental es que se divide en Deficiencias, Discapacidades
y Minusvalías, que significan en el campo de la
rehabilitación, síndromes y complicaciones, funciones y
calidad de vida. La amputación de un dedo para un conductor
de camiones es una discapacidad pero no es una minusvalía; a
un píanista le cabrían ambas denominaciones” (16).
“Paradójicamente, el médico se mueve entre la teoría y la
práctica, entre la ciencia y el arte” (17).
Cibeira (18) agrega: “La medicina se desarrolla en dos
ámbitos, uno es individual actuando sobre el paciente con
relación al prójimo, y otro ambiental, tratando de mejorar
su calidad de vida, es decir generando un medio apto para su
evolución espiritual y física. He aquí la diferencia entre
medicina asistencial y salud pública.”
Y en otro párrafo: “La falta de discreción profesional
disminuye la credibilidad en la medicina y aminora las
reservas del enfermo para creer y respetar a quien lo
asiste. El procedimiento adecuado es manifestar: ‘es posible
que en este momento el cuadro clínico se presentara en forma
diferente’. O si la falta es grave acompañar al paciente en
una denuncia por mala praxis. Las observaciones al otro
profesional, si es que las quiere hacer, se efectúan por
teléfono o se envían por correo o correo electrónico una
investigación alusiva al problema.”
La persuasión es otro de los elementos que el médico debe
manejar con prudencia pero con firmeza. Un caso típico es la
gran reticencia del paciente afectado por enfermedad de
Parkinson para realizar los ejercicios necesarios para una
mejoría muscular: a menudo la misma rigidez, así como
también la acinesia, actúan como factores negativos para su
colaboración. El médico puede optar por dos mecanismos no
aconsejables: desistir en su intento o tratar duramente al
enfermo por su negativa. Cuando esté convencido de la
utilidad de la propuesta tomará otra actitud.
c) La eutanasia. Muerte cerebral.
En un reportaje efectuado hace 15 años a Pieter Admiraal
(19), médico del Hospital de Delft (Holanda), pionero
mundial de la eutanasia, éste expresaba: “En primer lugar,
la eutanasia no está permitida legalmente en Holanda. No
existe una ley que reglamente su práctica, así como no la
existe en ningún lugar del mundo. Sin embargo, es tolerada
por el gobierno porque realmente existe la conciencia de que
se está haciendo lo mejor por un enfermo en estado terminal,
que está sufriendo mucho y que, en forma comprobada, no
podrá curarse. La eutanasia es pedida por el propio paciente
y nosotros la aceptamos como una forma de darle una muerte
tranquila sin ningún sufrimiento. La eutanasia sólo es
practicada cuando un ser humano, que sufre de una enfermedad
como el cáncer, está perdiendo toda dignidad como persona.
Al darle la muerte que desea, estamos, de cierta forma,
devolviéndole toda la dignidad perdida [...] Sólo la
practicamos cuando ya se agotaron todos los recursos médicos
para salvar la vida de alguien. Por eso, el dolor, por peor
que sea, no es un factor determinante para que lo ayudemos a
morir. Si un paciente está con mucho dolor y pide morir,
simplemente le digo: ‘Vamos a tratar ese dolor, terminaremos
con él y usted va a estar bien otra vez’. Únicamente en
aquellos casos en los que el paciente está sufriendo mucho,
pudriéndose por dentro, es que aceptamos la práctica de la
muerte voluntaria. El dolor lo curamos con remedios. El
sufrimiento profundo, no [...] Sufrimiento es un estado
general de desesperanza, de cansancio, de impotencia y aun
de humillación que ciertos pacientes experimentan al no
poder controlar más las funciones vitales, tales como las de
los riñones y de los intestinos.”
Las palabras de Admiraal merecieron, a través del tiempo,
infinidad de críticas y modificaciones. El tema de la
eutanasia comenzó a tener cierta singularidad y se
establecieron distintos tipos. En este sentido Outomuro (20)
expresa que “existen diversas clasificaciones o tipos,
atendiendo a distintos criterios. Consideraremos los más
comunes:
“Eutanasia activa: el médico o un profesional de la salud
lleva a cabo una acción (inyección endovenosa de potasio,
administración de dosis letales de un opiáceo, etc.) que
pone fin a la vida del paciente.
“Eutanasia pasiva: consiste en no realizar prácticas médicas
que prolongarían la vida del paciente (por ejemplo:
intervenciones quirúrgicas, diálisis, respiración mecánica,
etc.); de este modo, la propia enfermedad sería la
responsable de la muerte del paciente.
“Eutanasia voluntaria: el paciente solicita que se ponga fin
a su vida haciendo uso de su autonomía.
“Eutanasia involuntaria: se pone fin a la vida del paciente
en contra de su voluntad. Nuevamente esto también sería
homicidio.
“Eutanasia no voluntaria”: terceras personas (generalmente
los familiares) solicitan se termine con la vida de un
paciente que no puede decidir por sí mismo (pacientes en
coma, dementes, etc.).”
Tratando de debatir sobre el tema, sobre tan espinoso tema,
la misma autora señala los argumentos en pro y en contra de
esta práctica.
Argumentos en contra de la eutanasia
1. Jugar a ser Dios
2. Ley natural
3. Competencia
4. Derecho a matar
5. Error diagnóstico o pronóstico
6. Pendiente resbaladiza
Argumentos a favor de la eutanasia activa voluntaria
1. Derecho a la vida y a la muerte
2. Eliminación del sufrimiento
3. Distinción entre calidad y cantidad de vida
4. No diferencia entre matar y dejar morir
5. Autonomía del individuo
No entramos en el análisis pormenorizado de todos estos
puntos puesto que los títulos son bastante explícitos y, por
otra parte, en diferentes capítulos de esta obra se vuelve
sobre el tema.
El tema de la eutanasia ha sido motivo de las mayores
discusiones y, en general, logró muchos más rechazos que
adhesiones. En tal sentido es clara la posición de la
Academia Nacional de Medicina de París, formulada a través
de su vocera Denys Pellerin (21), al decir que “se declara
resueltamente hostil a toda disposición en el sentido de
despenalizar la eutanasia y la asistencia al suicidio o su
equivalente, fijando su práctica por vía reglamentaria como
lo hacen las legislaciones de Holanda o Bélgica, que se
enmarcan dentro de la común posición europea”. Fundamenta
esta estimación expresando que “ella está firmemente ligada
a la obligación deontológica del médico de cuidar al enfermo
como también de acompañarlo, cuando su curación no pueda ser
ya esperada. Sería inaceptable que la relación de confianza
entre el enfermo y el médico, principalmente si se tratara
de personas de edad, en el final de su vida, fuera
quebrantada por el poder de un profesional de poner fin a
esa vida, cuyo deber era cuidarla”.
En neurología los problemas que rozan la eutanasia se
observan por doquier: enfermos cuadripléjicos, otros con
graves trastornos cognoscitivos y motores, aún en estado
comatoso, demencias de todo tipo, etc. Felizmente, todavía
no han adquirido –y esperemos que nunca lo hagan- prácticas
como las realizadas en regímenes totalitarios o en la
antigüedad, donde los niños débiles eran arrojados por los
espartanos del monte Taigeto. Sin embargo, es necesario
recordar que una buena parte de estas afecciones
neurológicas ocurren en personas ancianas (demencias,
accidentes encefalovasculares, etc.) y esto conlleva otra
problemática. Es atinente lo que dice Pasquariello (22) en
este sentido: “La reciente disminución del valor del anciano
en la sociedad ha llevado a una disminución general del
respeto y una pérdida del significado de la muerte y del
interés en el más allá. En el presente, las sociedades
tecnológicas sólo muestran interés en el aquí y ahora, y en
la vida individual considerada en sí misma, desvinculada de
su lugar en la familia o en el grupo social.
“Al perder la esperanza de una vida futura, y la fe en
permanecer como parte eterna de la vida familiar,
consagramos todo nuestro ingenio a prolongar la vida y a
colmarla con la mayor cantidad posible de experiencia. La
versión contemporánea de esto es la preocupación casi
obsesiva por la prolongación de la vida individual por todos
los medios, incluidos los excesos más temerarios de la
heroica tecnología.” Ese encarnizamiento terapéutico,
agregado a la desvalorización de la figura del hombre senil
hace, muchas veces, pensar a los familiares –y aún a los
médicos- que la vida debe terminar. Para los profesionales
es el fracaso de su actitud terapéutica.
Reverte (23) hace una extensa revisión del tema de la
eutanasia donde menciona a los “despenadores” de las
culturas indoamericanas y pone algunos ejemplos de la gran
diversidad de criterios. Así, el Código Penal ruso, de la
Unión Soviética en 1922, expresaba que “el homicidio
cometido por compasión, a solicitud del que es muerto, está
exento de pena”; con el antecedente que el Código noruego de
1902, reducía o conmutaba la pena en estos casos. Por su
parte, en 1948, la eutanasia es condenada por la Asociación
Médica Mundial en la Asamblea General de Ginebra, mientras
que, en 1950, la Cámara de los Lores de Gran Bretaña rechazó
un intento por legalizarla.
Terminemos con las palabras de Maglio (24): “Frente a un
paciente para el que quedan recursos tecnológicos, se abre
la gran esperanza de nosotros mismos como auténticos
remedios; cada gesto, cada actitud, cada palabra nuestra,
deben ser otras tantas terapéuticas; debemos permitir y
posibilitar mayor tiempo con los familiares, evitar medidas
diagnósticas cruentas exclusivamente académicas, dedicarles
más atención en lo personal, hacer del acto médico ‘una
confianza que se enfrenta con una conciencia’.
“Debemos volver al antiguo concepto que entrañaba la vieja
designación del hospital como Hôtel Dieu, esto es, la casa
de Dios, el refugio paterno, el lugar que sea continente
para la dimensión global del hombre, en los físico, en lo
psíquico y en lo social, donde personas humanas atiendan a
otras personas humanas, entonces, que mejor lugar para morir
que aquel donde se nació.”
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Fundación Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos
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23. Reverte JM: Las fronteras de la medicina. Madrid: Díaz
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24. Maglio F: Muerte cerebral y tratamiento del paciente
moribundo. En: Ética en medicina. Bs. As.: Fundación Alberto
J. Roemmers. 1986.
* Prof. Dr. Federico Pérgola
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